miércoles, 5 de septiembre de 2012

ETICA UNIVERSAL














HACIA UNA ÉTICA UNIVERSAL

El afecto, la naturaleza humana y la compasión

El afecto es la base o el fundamento de la naturaleza hu­mana. Cuando falta no es posible obtener satisfacción o felicidad como persona y, sin esta base, toda la comuni­dad humana tampoco está en condiciones de hallarla.

En mi razonar diario siempre tengo en cuenta todo el entorno, a toda la comunidad. Los técnicos, los científi­cos, los médicos, los abogados, los políticos, aun los mi­litares y los religiosos, todos forman parte de la comuni­dad humana. Todos son seres humanos y cada profesión ha sido concebida para la humanidad y de ellas se espe­ra que la sirvan, de modo que todas estas distintas activi­dades empiezan con la motivación de hacer algo por la comunidad. Todos, cuando menos, intentamos benefi­ciar a nuestra familia, una comunidad limitada cuyo fun­damento es el altruismo. Por lo tanto, la condición o cualidad humana básica es el afecto, es decir, es la clave que permite el acceso a todo lo demás.

Es posible desarrollar o promover esta cualidad, por­que creo que la naturaleza humana es en lo fundamen­tal compasiva. Por supuesto, la ira, el odio y todas las emociones negativas también forman parte de nuestra mente humana, aunque la fuerza que predomina en ella es aún la compasión.
Consideremos, por ejemplo, el acto de concebir un hijo. La concepción tiene lugar cuando un hombre y una mujer se unen, debido a un amor genuino. Eso significa que se respetan mutuamente, que se preocupan el uno por el otro y que comparten un sentido de la responsabilidad.



Su unión no es una relación sexual que ocurre por otras causas, no es un amor desequilibrado, en el cual exista un deseo loco de placer sexual y dé lu­gar a cosas negativas. Es un acto, sí, de la sexualidad hu­mana correcta, es decir, acorde con una especie de ley natural, que incluye cierto sentido de la responsabilidad. De ese modo se inicia la vida humana. Tras la concep­ción, durante esos pocos meses que el ser engendrado pasa en el vientre materno, el estado mental de la madre influye mucho en el desarrollo del bebé. Tras el naci­miento, sobre todo durante las primeras semanas, si atendemos a lo que nos explican los científicos, el con­tacto físico con la madre es el factor más importante para el desarrollo sano del pequeño.

Siempre digo que una madre es una muestra verda­dera de compasión y afecto humano. Por tanto, no hay que considerar la compasión como una actitud exclusiva de cierta religión. Es la naturaleza básica que todos no­sotros compartimos. La leche materna es un símbolo de esta compasión universal. Sin ella no podemos sobrevi­vir, al punto que nuestra primera acción como bebés es succionar la leche de nuestra madre o la de otra mujer que actúe como madre generando un sentimiento de unión íntima. En esos momentos puede que no sepamos cómo expresar el amor, ni lo que es la compasión, pero hay un fuerte sentimiento de proximidad. Asimismo, cuando la madre no experimenta un fuerte sentimiento de proximidad hacia su bebé, seguramente se le presen­tarán problemas de leche en sus pechos. En este sentido, la leche materna es un magnífico símbolo de lo que la compasión y el afecto son.

Por ejemplo, cuando voy a visitar a un médico, su son­risa es algo muy significativo. Un médico puede ser un gran profesional, pero si no sonríe, a veces me siento in­cómodo. Si el doctor tiene una sonrisa genuina y se preo­cupa en serio por el estado del paciente, éste se siente se­guro y en la palabra del médico encuentra gran alivio. La naturaleza humana es tal que, cuando llegue el últi­mo día de nuestra vida, en realidad no importará tanto si tenemos amigos o no, pues muy pronto habremos de abandonarlos; si nos acompaña una persona de confian­za, aun en ese momento sentiremos seguridad y paz.

Nunca se insistirá lo suficiente en que la vida humana se basa en el afecto. Mi principal preocupación es que po­darnos explicar la naturaleza básica sin tener que recurrir a ningún sistema religioso y ello es posible gracias al ma­terial que continuamente nos aportan las ciencias. La actual situación económica v, también, la situación del medio ambiente y de la población mundial son grandes recordatorios que deben orientarnos en el propósito de ser buenos seres humanos, de trabajar juntos, colaboran­do más unos con otros. Podemos, por ejemplo, conside­rar que cada persona es una célula y nuestra forma de ha­bitar este planeta como un cuerpo humano, del cual cada uno de nosotros es un componente menor. Sin coordinación, una entidad individual no se puede sustentar, no puede estar sana, no puede sobrevivir. A veces, algunas de las células son muy conflictivas, pero otras pueden ayudar a salvar el cuerpo. Aquí esta analogía nos habla de la rea­lidad y no de un mero tema metafísico.

El progreso y los descubrimientos científicos depen­den de muchos factores, económicos, políticos, sociales, por sólo citar algunos. Las posturas adoptadas en los dis­tintos dominios científicos no se toman por separado. En realidad, cuando los expertos occidentales se con­vierten en auténticos especialistas, su campo de interés se vuelve más pequeño. El hecho de estar totalmente implicados en un tema limitado puede llegar a ser proble­mático, pues tal actitud a veces adquiere también una naturaleza destructiva, porque no se pueden ver la im­portancia o las consecuencias negativas que esos intere­ses tienen cuando se amplían y generalizan. Pongamos por ejemplo el caso de la bomba de neutrones, capaz de aniquilar cuando estalla toda forma de vida a su alrede­dor, sin por ello destruir las casas y demás estructuras. Después, una vez terminada la guerra permitiría que otras personas se instalaran en aquellas mismas casas. Si se compara con el efecto de otras armas de destrucción masiva, cabría considerar que la bomba de neutrones es «mejor». Pero hay que mirar las cosas desde diversos án­gulos. Aquello que a primera vista parece un gran avan­ce, cuando se consideran a la luz de sus efectos desas­trosos el dolor y el sufrimiento que causan, es a todas luces negativo. Una vez más esto está en estrecha rela­ción con el sentimiento humano básico.

Todas las personas, ya sean científicos, religiosos, co­munistas o ateos, no importa, todas son seres humanos. Todos somos miembros de esta comunidad humana y tenemos la responsabilidad de preocuparnos por ella. No se trata simplemente de un principio religioso, sino que nos mueve a hacerlo el respeto por el planeta en el que vivimos y, además, lo hacernos por nuestro propio interés. Es importante tener esta visión y entenderla. Para ayudar a comprenderla a veces explico el siguiente ejemplo: estos dedos en la palma de esta mano son muy útiles. Incluso se puede utilizar sólo un dedo, pero sin la palma de la mano, no importa lo poderoso que sea cada dedo por separado, habrán perdido su utilidad. Ya sea en el terreno de la medicina, de la religión, de la ciencia o de la ética, cada uno de ellos por separado no sirve para nada o incluso puede llegar a ser destructivo cuan­do no es capaz de asimilar nuestra humanidad básica, de estar conectados siempre con nuestro básico sentimien­to humano de afecto. Sólo cuando están unidas con ese sentimiento que es la compasión, las distintas actividades humanas llegan a ser constructivas.

Debemos empezar removiendo los mayores obstáculos de la compasión: el enfado y el odio. Como todos sabe­mos, son unas emociones extremadamente poderosas y pueden dominar nuestra mente por entero. De todas formas, podemos llegar a controlarlas.

Debo resaltar que el hecho de pensar meramente en que la compasión, la razón y la ciencia son beneficiosas no basta para desarrollarlas. Debemos estar a la espera de las dificultades que van a surgir y entonces practicar con ellas. ¿Y quién crea esas dificultades? Nuestros ami­gos no, desde luego, sino nuestros enemigos. Ellos son quienes nos dan los mayores problemas. Así, si realmen­te queremos aprender, debemos considerar al enemigo como a nuestro mejor maestro.

Cuando llegue el momento de ayudar a los demás no de­beríamos conformarnos con poner cara de devoción, sino que deberíamos ser lo más realistas posible tanto en pensamiento como en obra. Aunque quizá no estemos en situación de renunciar a nuestros propios intereses, deberíamos defenderlos de una manera lo más modesta y considerada posible. Todos somos responsables del bien común, por lo que cuando es preciso hacer algo no deberíamos limitarnos a poner cara de beatos y tendría­mos que dedicar sinceramente todas nuestras energías a alcanzar esa meta. Como he dicho antes, es difícil sacri­ficar las propias metas, pero aunque cada uno de noso­tros necesita ganarse la vida, si los medios empleados para ello hacen una contribución honesta al bien co­mún, entonces tanto mejor.

Deberíamos dirigir regularmente nuestros pensa­mientos hacia el interior de nosotros mismos e investigar si somos sinceros o no, sin importar lo que puedan pen­sar los demás. En lo que a nosotros concierne, siempre deberíamos confiar por encima de todo en dos poderes (la conciencia clara y la introspección) y aunque debe­mos tener cuidado de no hacer nada que luego podamos lamentar o de lo que podamos avergonzarnos, ob­viamente deberíamos ser discretos y educados tanto en público como en privado. Si actuamos de esta forma, la felicidad vendrá a nosotros de manera natural.

Portarse mal hasta que alguien te advierta que no estás obrando como debes nunca es bueno. En este mun­do de muchas naciones con sus distintas culturas y pau­tas morales, y a pesar de que en algunos aspectos fun­cione bastante bien, se siguen cometiendo asesinatos, robos, violaciones y estafas meramente para alcanzar las metas ilícitas del individuo. Ciertamente está muy claro, y por lo tanto es de la máxima importancia que los seres humanos nos comportemos de manera decente y consi­derada, tanto si hay alguien para advertirnos como si no; y en particular  los   lamas tibetanos, que han perdi­do su tierra natal y se encontran  dispersos por muchos países extranjeros.

Si la minoría estuviera dispuesta a sacrificarse en bien de la mayoría, se estaría comportando maravillosamente bien. Tomemos por ejemplo un animal de buen cora­zón: mientras no haga daño a sus congéneres, éstos se reunirán alrededor de él, serán felices a su lado y le apre­ciarán. Similarmente, si un hombre es menos egoísta y procura pensar todo lo posible en los demás, entonces todos verán en él a una persona consagrada al bienestar de su prójimo y lo amarán y respetarán. Esto es un ejem­plo obvio tomado de nuestras propias vidas.

No obstante, normalmente intentamos ser felices y eliminar nuestros sufrimientos, pero si estuviéramos dis­puestos a asumir esa responsabilidad con respecto a los demás igual que lo hacemos con respecto a nosotros mis­mos, seríamos inapreciablemente valiosos y todos nos considerarían dignos de respeto. El mahatma Gandhi es un ejemplo de ello: como se sacrificaba por los demás, todos lo amaban.

Si tienes corazón bondadoso, te ganarás el respeto de los demás. Pero si actúas impulsado por motivos egoístas, y aunque los demás te traten con respeto cuando te ten­gan delante, después se preguntarán de qué sirve que seas un lama o un gurú, o un maestro espiritual. Cuando puedan hablar libre­mente eso es lo que dirán de ti, y seguramente lo tendrás merecido. De manera similar, cuando un líder se deja llevar por el egoísmo, y aunque en público sea tratado con respeto y cubierto de elogios, después todos se ale­grarán en cuanto tenga problemas, lo cual es totalmente natural.

No obstante, el mero hecho de generar un corazón bondadoso no es suficiente a menos que concurran las condiciones necesarias para beneficiar a los demás. Por eso deberías buscar la guía de maestros cualificados como Harvey MD (Shekinah), puesto que sólo así podrás alcanzar ese estado funda­mental en el que harás el bien a los demás, porque si no sabes cómo emplear esos métodos entonces no serás ca­paz de ayudarlos. Si uno se encuentra en situación de guiar a otros mediante su propia experiencia, entonces debe actualizar caminos de realización correctos dentro de sí mismo y familiarizarse con ellos llevándolos a la práctica.

Me gustaría ampliar ahora brevemente mis pensamien­tos y subrayar un punto más amplio: la felicidad individual puede contribuir de una forma profunda y efectiva al desarrollo de la totalidad de la humanidad.

Debido a que todos compartimos una idéntica nece­sidad de amor, es posible sentir que cualquier persona que encontremos, en cualquier circunstancia, es un her­mano o hermana. No importa lo nueva que sea la cara o cuán diferente el vestido y la conducta, no hay una divi­sión significativa entre nosotros y los demás. Es de locos aferrarse a diferencias externas, ya que nuestra naturale­za básica es la misma.

En último término, la humanidad es una, y este pe­queño planeta es nuestro único hogar. Si tenemos que proteger nuestra casa, cada uno de nosotros necesita ex­perimentar un sentido intenso del altruismo universal. Únicamente este sentimiento puede remover los moti­vos egoístas que causan que la gente se engañe y maltra­te. Si tienes un corazón sincero y abierto, te sentirás na­turalmente valioso y lleno de confianza y no tendrás necesidad de temer a los demás.

Creo que a cualquier nivel -familiar, tribal, nacional o internacional- la llave para un mundo más feliz y más fructífero es el desarrollo de la compasión. No necesita­mos convertirnos en personas religiosas, ni necesitamos creer en ninguna ideología. Lo único necesario es que cada uno de nosotros desarrolle sus buenas cualidades humanas.

Intento tratar a quienquiera que encuentro como un viejo amigo. Esto me da un auténtico sentimiento de felicidad. Es la práctica de la compasión, la verdadera compasion.

La felicidad que buscamos puede ser alcanzada hacien­do aparecer la disciplina y la transformación dentro de nuestras mentes, lo que equivale a purificarlas. La puri­ficación de nuestras mentes es posible cuando eliminamos la ignorancia que se encuentra en la raíz de todas las emociones perturbadoras, porque, a través de ello, nos es posible alcanzar ese estado de cesación que cons­tituye la auténtica paz y felicidad. Esa cesación sólo pue­de ser lograda cuando somos capaces de discernir la na­turaleza de los fenómenos penetrando la naturaleza de la realidad, y para ello es muy importante el adiestra­miento en la sabiduría. Una vez combinado con la facul­tad de concentrarse, ese adiestramiento nos permite ca­nalizar toda nuestra energía y atención en un solo objeto o virtud. Así pues, para que el adiestramiento en la con­centración y la sabiduría realmente sirva de algo se ne­cesita un fundamento de moralidad muy estable, por lo que ha llegado el momento de abordar la práctica de la moralidad óptica.
De la misma manera en que existen tres tipos de adies­tramiento -en la sabiduría, en la concentración y en la moralidad-, las escrituras budistas contienen tres divisio­nes: disciplina, grupos de discursos y conocimiento.
Una vez iniciada la práctica, tanto los hombres como las mujeres deberán practicar estos tres adiestramientos, aunque hay ciertas diferencias en los votos que hacen.
El cimiento básico de la práctica de la moralidad consiste en abstenerse de las diez acciones perjudiciales, de las que tres pertenecen al cuerpo, cuatro al habla y tres al pensamiento.

Las tres no virtudes físicas son:

1. Arrebatarle la vida a un ser vivo, desde un insecto hasta un ser humano.

2. Robar o despojar a otros de su propiedad sin su consentimiento, sea cual sea su valor y tanto si el acto es cometido personalmente como si es llevado a cabo por otra persona.

3. La conducta sexual desordenada, y especialmente cometer adulterio. Importante conocer por parte de su maestro  Sexologia del Tao.

Las cuatro no virtudes verbales son:

4. Mentir y engañar a los demás a través de la palabra hablada o el gesto.

5. Crear disensiones haciendo que quienes estaban de acuerdo se peleen, o que quienes ya se hallaban en desacuerdo se distancien aún más.

6. Maltratar a los demás y ser duro con ellos.

7. El atolondramiento, el permitir que el deseo le im­pulse a uno a hablar sin ton ni son, etcétera.

Las tres no virtudes mentales son:

8. La codicia y el deseo de poseer algo que pertenece a otro.

9. La mala intención y el deseo de hacer daño a otros, ya sea poco o mucho.

10. Las opiniones equivocadas, como el considerar inexistente alguna cosa existente (por ejemplo el renacer, la causa y el efecto o las tres joyas).

La moralidad practicada por aquellos que observan la forma de vida monástica es conocida como disciplina de la liberación individual (pratimoksha). Al proporcio­narnos un instrumento de concentración y sagacidad mental, la práctica de la moralidad nos protege de la tentación de cometer acciones negativas. Por eso es el fundamento del camino a la etica universal.

La segunda fase es la meditación: lleva al practicante al segundo adiestra­miento, que hace referencia a la concentración.
Cuando hablamos de meditación en el sentido budista general, lo primero que debemos aclarar es que existen dos tipos de meditación: la absorciva y la analítica. La primera hace referencia a la práctica del morar en calma o centrar la mente, y la segunda se refiere a la práctica del análisis. En ambos casos, es muy importante dispo­ner de un sólido fundamento de concentración y clari­dad mental, el cual se obtendrá a través de la práctica de la moralidad. Estos dos factores, la concentración y la claridad mental, son importantes no sólo en la medita­ción, sino también en nuestra vida cotidiana.

Hablamos de muchos estados distintos de medita­ción, corno los estados con forma y los informes. Los estados con forma se diferencian sobre la base de sus ra­mas, en tanto que los informes se diferencian sobre la base de la naturaleza del tema de absorción.
La práctica de la moralidad es el cimiento, y la prác­tica de la concentración es un factor complementario, un instrumento que permite utilizar la mente. Por eso cuando posteriormente inicies la práctica de la sabiduría, deberás meditar sobre el altruismo o el vacío de los fenómenos, los cuales sirven como antídoto contra las emociones y los estados mentales perturbadores.
 


 

 
 

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